Ahora me dice a menudo, mientras recorre las tenues cicatrices de su espalda,
“Tal vez Dios quería recordarnos lo que realmente importa: que todavía nos tenemos el uno al otro”.
Aprieto su mano y sonrío entre lágrimas.
Porque tiene razón. El amor verdadero no se demuestra en días de paz, sino en la tormenta, cuando nos negamos a soltarnos de la mano.