Tu gato ya no sale de debajo de la cama. O se lame tanto que tiene zonas sin pelo. O simplemente dejó de comer cuando llegó el bebé, el perro nuevo, o cuando cambiaste los muebles. Los humanos miramos eso y pensamos que "es su carácter". Pero lo que está viviendo tu gato en su interior es una respuesta de estrés crónico real, con consecuencias físicas medibles. ¿Cuándo fue la última vez que alguien te explicó qué le pasa biológicamente?
El villano invisible se llama cortisol crónico elevado (el eje HPA — hipotálamo-hipófisis-adrenal activado de forma permanente). Es como si el sistema de alarma de tu casa sonara sin parar, incluso cuando no hay ningún ladrón. Esa alarma constante agota las reservas de energía del gato, debilita su sistema inmune, altera su microbioma intestinal y genera conductas de ansiedad compulsiva. En animales de compañía, el estrés ambiental es uno de los detonantes más subestimados de enfermedad crónica.
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