Seis horas en el suelo helado. Y mi vida salvada por... mi gato.
Era martes, antes de Navidad. ""Perdona, mamá"", escribió mi hijo Andrés. ""Vamos a celebrarlo con la familia de mi mujer"". Luego mi hija: ""Mamá, estoy a tope de trabajo. Nos vemos después de fiestas"".
Apagué el móvil y miré la silla de enfrente. Allí estaba Rubio, mi gran gato naranja. Me miraba como si lo entendiera todo.
Dos días después, me levanté de noche a por agua. Resbalé y caí. Un dolor agudo me atravesó. El teléfono estaba en el dormitorio; aquellos metros me parecieron kilómetros. El frío del suelo me calaba los huesos. Pensé que mis hijos solo se darían cuenta de que me pasaba algo cuando no contestara en Nochebuena.
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