Humberto Del Pozo López
Camila tiene cuarenta años y tres años de terapia. Ha leído a Porges, a Van der Kolk, a Bowlby. Sabe nombrar sus patrones con precisión técnica. Y sin embargo, lo que más ha cambiado su sistema nervioso en los últimos dos años no fue ningún libro ni ninguna sesión concreta.
Fue el gato.
No la teoría del gato. El gato mismo. El que llega cuando quiere, se va cuando necesita, y en ninguno de los dos movimientos parece sentir culpa ni necesitar permiso.
Durante meses, Camila lo observó con algo que no sabía nombrar todavía: envidia. Una envidia limpia y desconcertante. Porque ella, que sabía articular perfectamente el concepto de límite sano, no lograba aplicarlo sin que le costara días de culpa y de preguntarse si había hecho lo correcto al alejarse. El gato, en cambio, se iba y ni miraba atrás. Volvía cuando quería. Y cuando volvía, el campo era exactamente donde lo había dejado.
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