Rigidez matutina que empeora con el movimiento.
Dolor de cadera al caminar, subir escaleras o estar de pie.
Dificultad para ponerse los zapatos o agacharse.
Sensación de chasquido o crujido en la articulación. Dolor que se irradia a la ingle, el muslo o la rodilla.
Fatiga muscular, problemas de equilibrio, dolor nocturno o sensación de calor en la cadera.
La buena noticia: se puede vivir con una cadera desgastada.
No es necesario esperar a sentir un dolor intenso para actuar. Un diagnóstico temprano puede ralentizar la progresión del desgaste y mejorar la calidad de vida.
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