simplemente puse el pastel sobre la mesa, agarré mi bolsa y me salí de la casa de mi hija.
Mi "patrona" es mi propia hija, Marina. Y mi sueldo, o al menos eso creí durante años, era el amor. Pero ayer entendí que en la economía de nuestra familia, mi amor no vale nada frente a una tablet nueva.
Me llamo Gaby. Tengo 64 años.
En los papeles soy jubilada, fui enfermera y vivo con una pensión chiquita en las afueras. Pero en la vida real, soy chofer, cocinera, de limpieza, maestra de regularización, psicóloga y la "emergencia" de siempre para mis dos nietos: Beto, de 9 años, y Santi, de 7.
Yo soy lo que antes llamaban "comunidad". ¿Se acuerdan de eso de que "para educar a un niño hace falta una aldea entera"? Bueno, en el mundo moderno, esa "aldea" es una abuela cansada que vive a base de café, gotas para los nervios y analgésicos.
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