Señora Amelie, ¿tiene un poquito de harina?" me preguntó Emma aquella primera vez, con sus ojos grandes y curiosos.
"¿Un poquito?" le dije, mirando su taza diminuta. "Ay, hijita, con eso no alcanza ni para una galleta de muñeca."
Le di el paquete completo. Ella me miró como si le hubiera regalado un tesoro.
Así empezó todo. Emma venía casi todos los días. A veces por azúcar, a veces por hierba, otras veces "un poquito de sal, señora Amelie, solo un poquito". Siempre con su taza. Siempre educada. Y yo siempre le daba más de lo que pedía.
La verdad, me alegraba el día. Después de que murió mi esposo hace cinco años, esta casa grande se sentía como un museo vacío. Mi hija vive en Europa con mi nieta, y las videollamadas no llenan el silencio de las tardes.
Un día Emma llegó con su hermana menor.
"Ella es Sofía," me dijo Emma con orgullo. "Tiene 5 años y también sabe decir 'por favor'."
"¿Ah, sí?" le pregunté a la pequeña, arrodillándome con dificultad—estas rodillas ya no son las de mi época de ingeniera. "¿Y qué necesitas hoy?"
"¿Tiene galletas?" preguntó Sofía con una sonrisa que le faltaban dos dientes.
"No tengo," le dije, "pero podemos hacerlas. ¿Te gustaría?"
Debieron ver sus caritas. Como si les hubiera propuesto ir a Disneylandia.
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