Nunca olvidaré el funeral de papá. No por las razones habituales.
Ahí estaba yo, entre el olor a flores caras y susurros incómodos, cuando la vi: una mujer que no reconocía, llorando como si le hubieran arrancado el alma. Lágrimas de telenovela, sollozos que hacían eco en la funeraria.
Miré a mamá. Ella estaba serena, con un pañuelo en la mano que parecía más accesorio que necesidad.
"¿Quién es esa?" le susurré.
"La secretaria de tu padre", respondió mamá sin quitar la vista del ataúd.
Secretaria. Claro. La misma "secretaria" que papá mencionaba cuando llegaba tarde los jueves. La que necesitaba "reuniones urgentes" los sábados por la mañana.
La mujer se acercó al ataúd y prácticamente se tiró sobre él. "¡Roberto! ¡Mi amor! ¿Cómo voy a vivir sin ti?"
Sentí las miradas de los asistentes. Tía Ernestina tosió. La prima Claudia sacó el celular para grabar. Esto iba a ser el chisme del año.
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