Para entender cómo romper estas cadenas, primero debemos desenmascarar al verdadero enemigo: la resistencia a la insulina. Cuando consumimos alimentos, el cuerpo los transforma en glucosa para obtener energía. La insulina es la llave que abre las células para que esa glucosa entre. Cuando hay resistencia, las cerraduras de las células se oxidan o se bloquean, provocando que el azúcar se acumule peligrosamente en la corriente sanguínea mientras las células mueren de hambre. Esto explica por qué un paciente con niveles altos de azúcar a menudo se siente crónicamente cansado y sin energía.
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