Llegó esa tarde, maletín en mano, hablando con un tono cuidadoso y profesional. Firmé los documentos sentada en la cama del hospital, con el pelo recogido sin apretar y la bata aún abierta por la lactancia. Me explicó cada cláusula: propiedades en Dallas, inversiones diversificadas, acciones corporativas, fideicomisos garantizados, activos líquidos.
Doscientos millones de dólares.
Incluso oírlo en voz alta me pareció surrealista.
Pero esta vez no me sentí mareada.
Me sentí poderosa.
Una semana después, volví al apartamento que Ethan y yo compartíamos en el centro de Phoenix.
Él estaba allí.
Sentado en el sofá, mirando el móvil como si nada hubiera cambiado.
Cuando entré con la silla de coche, apenas levantó la vista.
«Pensé que te quedarías en casa de tu hermana», dijo secamente.
«Vine por mis cosas», respondí con calma.
Frunció el ceño. «¿Tus cosas? Yo pago el alquiler».