Eran idénticas. Como dos gotas de agua. Y no solo eran idénticas entre sí; eran idénticas a ella.
Tenían el mismo cabello castaño ondulado que brillaba al sol. La misma forma delicada de la barbilla. Y cuando uno de ellos alzó la vista hacia el lujoso auto, Mauricio sintió un golpe físico en el pecho: esos ojos. Eran sus ojos. Un verde esmeralda intenso, salpicado de oro, una rareza genética que solo poseía la familia Del Valle.
—Roberto, detén el auto —ordenó Mauricio. Su voz sonaba extraña, ronca—.
Señor, estamos en un semáforo en verde, no puedo…
—¡Detén el maldito auto! —gritó con tal urgencia que el conductor frenó bruscamente, orillándose a un lado de la carretera.
Mauricio bajó la ventanilla. El aire caliente y el ruido de la calle entraron a raudales. Las chicas dieron un respingo. La que parecía ser la líder se puso de pie, protegiendo a las otras tres con su pequeño cuerpo.
—¿Quiere un chicle, señor? —preguntó la niña. Su voz… tenía la misma cadencia musical que él había intentado olvidar durante una década.
Mauricio se quitó las gafas de sol. Las chicas lo miraron con curiosidad, pero sin reconocerlo. Él buscó en sus rostros algún rastro de engaño, pero solo encontró una verdad aplastante.
Hace diez años. El recuerdo le golpeó como una marea ácida.
Él había echado a Victoria de la mansión. La había arrancado de su vida, acusándola de la peor injusticia que un hombre puede cometer: traición. Los médicos le habían asegurado que era estéril, que le era imposible tener hijos. Cuando Victoria llegó, radiante de alegría, con el resultado de su embarazo múltiple, él vio en esa felicidad la prueba irrefutable de su infidelidad.
—¡Vete! —le gritó mientras ella lloraba en el suelo, agarrándose el vientre—. ¡No quiero volver a ver a esos bastardos ni a ti nunca más! ¡Si te vuelvo a ver, te destruiré!
Se marchó sin pedir ni un céntimo, con la dignidad hecha añicos y la promesa de que él se arrepentiría. Nunca la buscó. Se convenció de que él era la víctima.
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