—Se ven felices —dijo ella—.
Lo son. Gracias a ti, que los protegiste como una leona.
Victoria lo miró. El resentimiento había desaparecido, reemplazado por una paz cautelosa pero cálida.
—Tú también has cambiado, Mauricio. Ya no eres el intocable director ejecutivo.
—No —sonrió él, viendo cómo Valentina le hacía señas para que se uniera a jugar—. Ahora tengo el trabajo más difícil e importante del mundo.
Dejó el vaso sobre la mesa y salió corriendo al jardín, donde cuatro pares de ojos verdes lo esperaban para atacarlo con globos de agua. Riendo, empapado y feliz, Mauricio sabía que había estado a un semáforo de perder su alma para siempre, pero que la vida, en su infinita misericordia, le había dado una segunda oportunidad. Y no iba a desperdiciar ni un segundo más.
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