Me llamo Doña Teresa Hernández, tengo sesenta y nueve años, y durante quince años crié a dos niños que no nacieron de mí, pero que aprendieron a llamarme abuela… y, cuando tenían miedo, también mamá. Porque alguien tenía que quedarse.
Todo empezó una tarde de octubre. Mariana apareció en la puerta de mi casa en Guadalajara con dos maletas pequeñas, un bolso roto y los ojos hinchados de llorar. Me dijo que solo necesitaba “un fin de semana” para ordenar su vida, encontrar trabajo y resolver los problemas con el padre de los niños.
Un fin de semana.
Yo no hice preguntas. Abrí la puerta, preparé el cuarto de visitas y le dije que estuviera tranquila, que el lunes hablaríamos. Confié en ella, como confía una madre incluso cuando algo no encaja del todo.
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