Lo que dijo Miley chocó a todos en esa sala, pero el verdadero shock estaba en el rostro de Keiko Fujimori. Sus ojos se abrieron completamente, su boca quedó entreabierta y por primera vez en 30 años de carrera política, la heredera del fujimorismo se quedó completamente muda. "Señora Fujimori", dijo mi ley con una calma que contrastaba dramáticamente con la bomba que estaba por explotar.
Su familia no liberó al Perú, lo convirtió en su hacienda personal. Los 200 líderes presentes en la Cumbre Interamericana de Lima contuvieron la respiración. Las cámaras capturaron el momento exacto en que el rostro de Keiko pasó del shock inicial a algo mucho más profundo, la humillación pública frente a toda América Latina.
Pero nadie sabía que esto era solo el comienzo. Dos días antes, Keiko Fujimori había llegado a Lima como invitada especial a la cumbre, no como presidenta, pero sí como la heredera política de la democracia peruana. Su padre, Alberto Fujimori, había sido el hombre fuerte que derrotó al terrorismo y salvó la economía del país en los años 90.
Keiko se presentaba como la continuadora de ese legado, la líder que devolvería al Perú la estabilidad que su apellido representaba. La sesión democracia y liderazgo en América Latina debía ser su momento de gloria. Había sido invitada como panelista principal junto a otros expresidentes y líderes regionales. El tema era perfecto para ella.
¿Cómo los líderes fuertes pueden salvar a sus países en momentos de crisis? Mi ley también estaba en el panel, pero como presidente en ejercicio de Argentina, no como político en campaña. Los organizadores pensaron que sería una sesión tranquila sobre liderazgo democrático. No sabían que estaban armando una bomba de tiempo.
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