Y lo más doloroso de la trampa es que el padre que huyó no quiso hacerle daño. Huyó exactamente porque no quería que su hijo sufriera lo que él sufrió. Pero huir del abismo no lo cubre: lo lega sin instrucciones.
El padre que cruzó su abismo no llega al otro lado sin cicatrices. Llega con el mapa. Con el conocimiento encarnado de cómo se cruza ese tipo de oscuridad. Y ese mapa —no los libros, no los consejos, no las teorías— es lo que puede darle a su hijo cuando el hijo se encuentre ante el suyo.
Tú, que llevas años bordeando tu abismo con habilidad creciente: ¿qué mapa le dejarías a tu hijo si cruzaras?
Aprende a descender antes de que la vida te obligue. Aprende que el abismo cruzado voluntariamente es menos costoso que el heredado sin instrucciones. Aprende que el mapa que traes del otro lado vale más que cualquier cosa que puedas comprarle.
Hay que enseñar a los hijos que los abismos se cruzan. Que duele. Y que al otro lado hay algo que no existe en ningún otro lugar.
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