Cuando llegué a la cita, ya era demasiado tarde.
La persona que me esperaba había dejado una pequeña caja sobre la mesa.
Dentro había un regalo y una nota.
“Entiendo que tu trabajo es importante. Pero también quiero sentir que yo lo soy.”
Aquella frase me dolió más que cualquier discusión.
Intenté arreglar las cosas.
Pero algunas distancias no se pueden medir en kilómetros.
Pasaron los meses y la relación terminó.
No hubo grandes peleas.
No hubo culpables.
Solo dos personas que querían cosas diferentes en momentos diferentes.
Yo quería seguir volando.
La otra persona quería construir una vida con más presencia y estabilidad.
Y ambas cosas eran válidas.
Años después, conocí a alguien más.
Esta vez pensé que quizá sería distinto.
Intentamos organizar nuestras vidas.
Yo cambiaba turnos cuando podía.
Él esperaba cuando tenía que hacerlo.
Nos esforzábamos.
Pero nuevamente apareció aquella misma dificultad.
Mi profesión no solo me llevaba a otras ciudades.
También me llevaba lejos en momentos importantes.
Cumpleaños.
Navidades.Aniversarios.
Domingos familiares.
Mientras otros regresaban a casa después de trabajar, yo podía estar a miles de kilómetros.
Una noche, después de una larga conversación, comprendí algo.
No siempre perder a alguien significa que hayas elegido mal.
A veces significa simplemente que dos caminos no pudieron caminar juntos.
Cuando aquella relación terminó, pasé varios días sintiéndome vacía.
Había conseguido el sueño que tenía desde niña.
Pero empecé a preguntarme si había olvidado construir algo más.
Una tarde, mi madre me llamó.
—¿Estás bien?
—Sí.
Ella guardó silencio.
Las madres conocen ese “sí” que significa exactamente lo contrario.
—Hija, no necesitas demostrarle nada a nadie.
—¿Y si me equivoqué?
Mi madre tardó unos segundos en responder.
—Entonces podrás cambiar de dirección. Pero no confundas estar sola con haber fracasado.
Aquella frase se quedó conmigo.
Porque quizá yo había cometido un error.