Después de taaanto tiempo afuera, visité la patria de mis padres y de mi infancia. Eran las navidades del 2008 y me fui de paseo hasta llegar por Utuado. En el camino me encontré con una casita rústica y abandonada que me dio nostalgia. Me desmonté del carro, me paré frente a la casita para retratarla, y me dije en voz alta: ¡Si las pareeedes hablaaran!>>.
<<Tremendo susto me llevé, pues la casita me salió encantada cuando me habló con voz profunda como la de mi abuelo: “Héctor, necesito que me hagas un favor. Tú no eres de mi tiempo y no conoces mi pasado. Por eso, necesito que alguien escriba por mí y cuente la historia de mi vida. Los años me pesan, nunca aprendí a escribir y no sé cuántos años mi cimiento debilitado me aguante”>>.
<<Asombrado salí corriendo como alma que lleva el diablo. Traté de prender el carro para salir volando de aquella casita, pero no arrancó. Mientras pasaba el susto, poco a poco, fui sintiendo una seducción irresistible que me hizo coger mi ‘laptop’ y salir afuera. Caminé como si estuviera hipnotizado hasta el frente de la casita y me senté en una piedra. Cuando prendí mi computadora, la casita me habló y escribí sus palabras una por una>>.
<<En el 1940 un carpintero del barrio Sabana Grande de Utuado me dio vida. Su nombre se me escapa ya que mi torcida y oxidada memoria no recuerda claramente — pero, a través de mis cicatrizados ojos veo una opaca figura con una vieja escuadra, un metro gastado por el tiempo que apenas sus números se ven, y un martillo con las uñas partidas y un cabo que aparenta un tubo de agua.
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