"El secreto macabro que oculta esta casa. ¡Nadie se atreve a entrar después de las 12! 🏚️🌑"
Veo como mis pies fueron incrustados en la tierra para darme sostén hasta el día de hoy. Son aquellos socos moldeados del roble que como viejos soldados se mantienen firmes frente a la erosión del tiempo. Y encima de ellos se extendió mi piso de madera sostenido por piezas y vigas como una vieja carreta de palo llena de cañas. Subieron mis paredes y ventanas y en sus hombros acomodaron mi armazón de techo cobijado de aquel ondulado metal que los campesinos le llaman el sin.
Mi sin resplandecía con el reflejo del sol y se veía clarito desde la loma de don Vicente, que en paz descanse. ¡Aaaah! También durante los aguaceros yo arrullaba a mis queridos familiares quienes dormían sus siestas profundamente y con mucho gusto. ¡Qué años aquellos! La inocencia y decencia de la época era tanta que hasta se dormía con las ventanas abiertas.
Llegaron a vivir conmigo Candelario y Teresa del Valle. Ellos criaron 10 hijos bajo mi techo. Todavía los veo corriendo y saltando por el batey, corriendo detrás de las gallinas, y tirándole piedras a los pitirres y tórtolas – usando aquella horqueta con dos pedazos de goma y una lengua de zapato viejo, cómo le llamaban, no me acuerdo. Pobres pajaritos, pero era su diversión ya que el pueblo quedaba como a una hora a pie porque no tenían carro.
En el costado de atrás estuvo la cocina con su fogón de tres piedras sobre la tierra para acomodar la olla del arroz. ¡Aaah, qué olor a campo, a sofrito molido en pilón, y aquel pegao con aquella manteca blanca! ¿Y qué puedo decir de las habichuelas – cogidas de la tala detrás de la casa – con papas y especies? También, me acuerdo de las viandas, las panas y los guineos cocidos y mezclados con manteca y bacalao. Y al final, el aroma del café bien colao. ¡Qué delicia!
Uno de los muchachos se metía por debajo de mí y le robaba los huevos a la gallina -- y a freírlos era. Se repartía la comía y escuchaba a Teresa decirles a los muchachos – ‘Coman ligero, la mistura primero, por si acaso llega visita no la pierdan’.
Y así pasaron las décadas – los muchachos se fueron al Norte y también los viejos - Candelario y Teresa. Ya no hubo quien trabajara la finca. Quedé atrás en espera de ellos para que me pintaran y arreglaran. Pero fue inútil, pues envejecí y como chancleta vieja me dejaron a un lao. Solo venían de paseo y hacen años que no los veo.
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