Su médico de la clínica pasó 4 minutos con ella. Cuatro minutos. Diagnóstico: colitis nerviosa. Le entregó un folleto sobre el manejo del estrés y le dijo que tomara té de menta.
Luego llegó el cansancio. Pero no era cansancio normal. No era un simple "dormí mal". Era un AGOTAMIENTO profundo, de esos donde podía dormir 9 horas y despertar como si no hubiera pegado el ojo.
Se sentaba en el sillón después de cenar y se quedaba fundida en 4 minutos. No era una siesta. Se apagaba. Como si alguien hubiera bajado el interruptor.
Su doctor le mandó a hacer unos análisis de sangre.
Tiroides: normal.
Biometría hemática: normal.
Hierro: "un poco bajo, pero nada de qué preocuparse". Le dijo que comiera más espinacas.
Esa fue la segunda señal que ignoraron. Un hierro "un poco bajo" en una mujer cuyo cuerpo estaba siendo saqueado por organismos viviendo en su intestino. Y le dijeron que comiera espinacas.
Luego, su piel se empezó a arruinar.
Elena no tenía granitos desde los 16 años. Ahora, a los 42, tenía un acné quístico en la mandíbula y la barbilla que no cedía con nada. Ni con ácido salicílico, ni con peróxido de benzoilo, ni con el retinol de $1,800 pesos que le recetó la dermatóloga.
La dermatóloga dijo que era "hormonal" y le sugirió las pastillas anticonceptivas.
Tercer error de diagnóstico.
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