Después llegó la "neblina mental".
Podía estar en medio de una plática y perder el hilo por completo. De la nada. Me miraba como si yo estuviera hablando en japonés.
Se le olvidó el festival de baile de nuestra hija. No es que estuviera ocupada, es que se le borró que existía. Nuestra hija llegó llorando. Elena estaba sentada en la mesa de la cocina, con la cabeza entre las manos, repitiendo: "no sé qué me pasa".
Empezó a rechinar los dientes por la noche (bruxismo). Tan fuerte que se fracturó una muela. El dentista le hizo una guarda y dijo que era —adivinen— el estrés.
Luego llegaron los antojos de azúcar.
Elena nunca fue de comer dulces. Ahora buscaba en la alacena a las 10 de la noche como poseída. No era hambre. No era ansiedad por comer. Era una compulsión. Una necesidad desesperada y urgente de azúcar que ella decía que no venía de ella misma.
"Es como si algo en mi cuerpo lo exigiera", me dijo. "No es mi cerebro. Es algo más".
En ese entonces no entendí a qué se refería.
Ahora, lo entiendo perfectamente.
Vio a 4 médicos diferentes con todos estos síntomas: Inflamación, agotamiento, neblina mental, problemas de piel, antojos de azúcar, aumento de peso, bruxismo.
Cada síntoma apuntaba a la misma causa.
Y cada médico apuntaba a otro lado.
Doctor 1: "Colitis con ansiedad. Tome este antidepresivo".
Doctor 2: "Probable SIBO. Vamos a intentar con antibióticos".
Doctor 3: "Perimenopausia. Es normal a su edad, el cuerpo cambia".
Doctor 4: "Fatiga crónica. ¿Ha pensado en ver a un psiquiatra?".
Cuatro diagnósticos diferentes. Cuatro tratamientos distintos. Todos equivocados.
Ninguno de ellos —ni uno solo— buscó parásitos.
Y cada tratamiento empeoró las cosas.
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