​⚠️ "Los médicos le decían que era solo estrés, pero lo que habitaba dentro de su cuerpo horrorizó a todos"..👇 Mira la lista completa y cómo consumirlo en el primer comentario 👇

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El antidepresivo le quitó la ansiedad, pero no le hizo nada a la inflamación. Pero ahora tenía náuseas cada mañana, cero libido y un entumecimiento emocional que nos asustaba a los dos. Decía que ya no sentía ni alegría ni tristeza. Solo... nada.

Lo dejó después de 5 meses. El síndrome de abstinencia fue horrible. Tres semanas de mareos y "toques eléctricos" en la cabeza cada vez que movía los ojos. Mareos tan fuertes que ya no podía ni manejar.

Todo eso para dejar un medicamento que nunca trató el problema real.

El antibiótico tampoco ayudó con la inflamación. Pero destruyó algo más.

Su digestión empeoró. Comidas que siempre le habían caído bien, ahora le daban cólicos y diarrea. El antibiótico había arrasado con su flora intestinal.

Aun así, el doctor le recetó una segunda ronda. Mismo resultado. Más daño. Cero mejoría.

¿El tratamiento hormonal? Siete meses. Se le quitaron los bochornos (un síntoma del que ni siquiera se había quejado). ¿Pero el agotamiento, la inflamación, la neblina mental y los antojos?

Igualito.

Y ahora tenía migrañas tan fuertes que se quedaba horas acostada a oscuras con una almohada en la cara.

Para el tercer año, Elena tomaba 3 medicamentos al mismo tiempo:

Un antiácido (porque los antibióticos le dañaron el estómago).

Algo para dormir (porque las hormonas le alteraron el sueño).

Un antiinflamatorio recetado para dolores en las articulaciones que aparecieron de la nada en sus rodillas y muñecas.

4 doctores. 5 recetas. Ni una sola tratando la verdadera causa.

Cada medicina ocultaba un síntoma, pero creaba un efecto secundario que necesitaba otra medicina, que creaba otro efecto secundario...

La noche que entendí qué tan grave era el asunto, fue cuando la encontré tirada en el piso del baño.

Eran las 2 de la mañana. Me desperté y ella no estaba en la cama. La encontré sentada en el azulejo, recargada en la tina, mirando las cajas de medicinas alineadas en el lavabo.

"Mira esto", dijo. Su voz estaba plana. Vacía. "Tengo 44 años. Tomo más medicinas que mi abuela. Y me siento peor cada mes. No mejor. Peor".

Me miró a los ojos.

"Julio. Algo me pasa que estos doctores no encuentran. Lo siento. Algo está MUY mal. Y me siguen dando pastillas para cosas que no son el problema".

Le temblaban las manos.

Esa noche tuve miedo. No preocupación, miedo real.

Porque veía a dónde iba este camino. Más doctores, más diagnósticos, más medicinas amontonadas. Su cuerpo debilitándose cada vez más. Y nadie buscando la raíz.

Esa noche me puse a investigar por mi cuenta.

Esto fue lo que aprendí y que me revolvió el estómago:

Los estudios de laboratorio (coproparasitoscópicos) estándares no detectan el 78% de las infecciones parasitarias.

El examen más común busca huevecillos en una sola muestra. Pero la mayoría de los parásitos no ponen huevos todo el tiempo.

Uno puede estar infectado hasta el tope y salir negativo en el estudio cualquier día.

Es como buscar termitas revisando un centímetro cuadrado de una sola pared en una casa que se están comiendo viva.

Y como el estudio sale negativo, los doctores dejan de buscar.

Diagnostican colitis, ansiedad, cambios hormonales, SIBO o fatiga crónica.

Le avientan medicinas a los síntomas mientras la verdadera causa se sigue alimentando, reproduciendo y robando cada nutriente que tu cuerpo absorbe.

Eso fue exactamente lo que le pasó a Elena durante 3 años.

Le rogué que intentara con un último especialista, un nutriólogo funcional que encontré después de leer foros y estudios hasta las 3 de la mañana por semanas. Elena no quería ir. Estaba harta. De los síntomas, de las medicinas, de la decepción. Pero fue.

Este especialista le mandó a hacer un análisis completo de heces. No el típico del laboratorio de la esquina. Un test de PCR que detecta el ADN de los parásitos, pongan huevos ese día o no.

Los resultados llegaron un martes.

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