Los coyotes lo olieron antes de verlo.
Uno giró la cabeza.
Luego otro.
Nahuel desmontó sin prisa, con esa calma peligrosa de los hombres que ya han visto demasiada muerte como para impresionarse.
Tenía más cicatrices que palabras.
Una cruzándole la ceja izquierda.
Otra hundida junto a la mandíbula.
Llevaba el Winchester en una mano y el desierto entero en los ojos.
Levantó el rifle.
Disparó al aire.
El estampido partió el silencio.
Los coyotes retrocedieron de golpe, confundidos, y después huyeron entre los matorrales y las rocas, soltando aullidos roncos que se perdieron en la garganta del cañón.
Entonces Nahuel caminó hacia ella.
Las botas hundiéndose en la arena.
La mirada fija.
La mujer era joven. Demasiado joven para tener esa expresión.
Tenía la piel quemada por el sol, los labios abiertos por la sed, y en los ojos esa quietud terrible de quien ya se había despedido del mundo.
Pero cuando él se arrodilló a su lado, ella aún encontró fuerza para murmurar una sola palabra.
—Agua...
Nahuel tomó la cantimplora, le levantó con cuidado la cabeza y la ayudó a beber.
Ella tragó con desesperación, tosió, se ahogó un poco, derramó agua por la barbilla.
—Despacio —dijo él—. Si tu cuerpo la rechaza, no te servirá de nada.
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