El caballo resopló detrás de él.
Entonces Nahuel lo oyó.
Muy lejos todavía.
Pero claro.
Cascos.
La mujer también los escuchó.
Sus dedos se clavaron en los trapos del bebé.
—Ya vienen —dijo, temblando—. Por favor... no me deje aquí.
Nahuel giró lentamente hacia el oeste.
En la línea roja del crepúsculo comenzaron a dibujarse sombras montadas.
Una.
Dos.
Tres.
Y luego una cuarta.
Avanzaban sin apuro, como hombres seguros de que su presa ya no tenía adónde ir.
Nahuel bajó la mirada al Winchester.
Luego al niño.
Después a la mujer.
Y cuando el jinete del frente levantó el brazo, mostrando algo que brilló un instante bajo el último sol, Nahuel entendió que no habían venido solo a llevársela.
Habían venido a asegurarse de que no quedara nadie vivo para contar lo que sabían.
¿Quién era realmente el padre del bebé?
¿Qué secreto estaba dispuesto a matar Dalton antes del anochecer?
¿Y por qué Nahuel sintió, al ver aquel objeto brillar en la mano del jinete, que conocía esa amenaza desde mucho antes?
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