La joven hizo un esfuerzo por obedecer.
Cada trago parecía arrancarle dolor.
Cuando pudo respirar mejor, Nahuel humedeció un pañuelo y tocó los labios del bebé.
El pequeño reaccionó apenas, con un movimiento débil de la boca.
Seguía vivo.
Por poco.
—Vienen... —susurró ella de pronto.
Nahuel alzó la vista.
—¿Quiénes?
Los ojos de la mujer se llenaron de terror verdadero.
No el miedo al desierto.
No el miedo a morir.
Algo peor.
—Dalton... y los otros. Me encontraron cerca del río. Yo... yo escapé al amanecer, pero ellos siguen mis huellas. Si me alcanzan... —tragó saliva con esfuerzo—. Si me alcanzan, van a matar al niño.
Nahuel miró el horizonte.
El último borde del sol ya estaba besando las montañas.
Le quedaba muy poca luz.
Y ese lugar era una trampa.
Demasiado abierto.
Demasiado silencioso.
Se incorporó despacio y estudió el terreno: paredes de roca al este, matorral espeso al sur, un paso estrecho entre dos formaciones al norte. Buen lugar para esconderse.
Mal lugar para quedar cercado.
—¿Quién es Dalton? —preguntó.
Ella tardó en responder.
Como si decir ese nombre tuviera precio.
—Mi esposo no sabe que tuve este bebé —murmuró—. Porque este bebé... no es suyo.
Nahuel giró hacia ella.
La joven apretó al niño con lo poco que le quedaba de fuerza.
—Dalton trabaja para él. Hace lo que le ordenan. Me encerraron cuando supieron que quería huir. Pero anoche hubo una tormenta de polvo... y escapé. Caminé todo el día. Pensé que si llegaba al viejo paso de piedra... podría encontrar ayuda.
Nahuel no dijo nada.
Solo observó las marcas en sus muñecas.
Los moretones viejos.
La sangre seca en el cuello.
Aquello no era una simple persecución.
Aquello olía a secreto de familia.
A hombres ricos enterrando vergüenzas lejos de la ciudad.
A un niño que no debía existir.
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