Esto es especialmente problemático porque, a diferencia de la glucosa que tus células musculares usan como combustible, la fructosa solo puede metabolizarla tu hígado. Y cuando lo saturas con jugos repetidos, tu hígado convierte el exceso directamente en grasa: la base del hígado graso no alcohólico, una epidemia silenciosa que afecta a 1 de cada 4 adultos según la ciencia actual (6).
Una revisión narrativa publicada en PubMed sobre fructosa añadida y enfermedad hepática grasa no alcohólica documenta que la fructosa induce lipogénesis de novo, estrés del retículo endoplásmico e inflamación hepática, promoviendo resistencia a la insulina y dislipidemia (6). Y eso ocurre incluso cuando la fructosa viene de una fuente "natural" como un jugo recién exprimido.
Conclusión incómoda: el jugo natural de la mañana puede estar haciéndole más daño a tu hígado que el refresco que crees evitar. La fruta entera, sí. El jugo, no.
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