No por orgullo. No por dinero. Por él.
Mi hijo estaba pegado a mi pecho, respirando con ese ritmo suave e irregular propio de los recién nacidos: pequeños suspiros, pausas frágiles, el leve silbido de sus pulmones recién nacidos descubriendo el mundo. Su piel era cálida e increíblemente delicada. Perfecta. Mientras contemplaba su carita, aún arrugada por el nacimiento, comprendí algo con una claridad que tranquilizó mi corazón tembloroso.
Ethan no se había alejado de mí sin más.
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