Los días siguientes transcurrieron como en una neblina. Ethan no llamó. No envió mensajes. No vino al hospital. Al principio, su silencio me dolió como sal en una herida abierta. Luego, poco a poco, extrañamente, empezó a aclarar mis pensamientos.
Mi hermana, Megan Carter, se quedó a mi lado. Me ayudó a ir al baño cuando me ardían los puntos. Me cambió los pañales cuando me temblaban las manos de cansancio. Rellenó los formularios del hospital cuando no podía concentrarme lo suficiente para leer.
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