El nombre del medicamento me resultaba desconocido: largo, técnico, complicado. Pero el nombre de la paciente impreso debajo era inconfundible.
Margaret Collins.
Instrucciones de dosificación para adultos.
Me temblaban los dedos al darle la vuelta al frasco. Según la etiqueta, la receta se había surtido hacía apenas diez días, justo antes de que Margaret viniera a quedarse con nosotros. El frasco ya estaba casi medio vacío.
—¿Cuántas te dio la abuela? —pregunté en voz baja.
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