Dormimos en la misma cama durante diez años sin tocarnos.
La gente de afuera pensaba que nuestro matrimonio estaba muerto, pero la verdad era más dolorosa.
Hay heridas que con un solo toque vuelven a sangrar.
Durante más de quince años, Mariana y yo dormimos en la misma cama, bajo el mismo techo, respirando el mismo aire…
pero nunca nos tocamos.
No hubo gritos.
No hubo infidelidades públicas.
No hubo escenas dramáticas.
Solo existía un espacio invisible entre nuestros cuerpos, frío como el mármol del Panteón Municipal, donde enterramos nuestros sueños.
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