😮😮Dormimos en la misma cama durante diez años sin tocarnos ni una sola vez. Todos pensaban que nuestro matrimonio estaba muerto, pero la verdad dolía mucho más. Hay heridas que pueden abrirse de nuevo con un simple roce.
La primera noche que dejó de tocarme fue después del funeral de nuestro hijo, Emiliano.
Emiliano tenía nueve años.
Una fiebre mal atendida.
Un hospital del IMSS saturado.
Una decisión de la que nunca dejaré de culparme.
Aquella noche, Mariana se metió en la cama sin decir una palabra. Intenté abrazarla. Su cuerpo se puso rígido. Con suavidad, pero con firmeza, retiró mi mano.
—No —susurró—. Ahora no.
Ese “no” quedó suspendido en el aire… y nunca se fue.
Los días se convirtieron en semanas.
Las semanas en años.
Dormíamos uno al lado del otro, pero cada uno estaba solo.
A veces, en la madrugada, la escuchaba llorar en silencio. Yo fingía estar dormido. No porque no me importara, sino porque no sabía cómo acercarme a ella sin hacerle más daño.
Pensé en irme. Muchas veces.
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