😮😮Dormimos en la misma cama durante diez años sin tocarnos ni una sola vez. Todos pensaban que nuestro matrimonio estaba muerto, pero la verdad dolía mucho más. Hay heridas que pueden abrirse de nuevo con un simple roce.
Vivíamos en una pequeña casa en Guadalajara, Jalisco, de esas donde el silencio se vuelve costumbre. Por las noches, Mariana siempre se acostaba del lado izquierdo, dándome la espalda. Yo apagaba la luz, miraba fijamente el techo y contaba los segundos hasta que el sueño me vencía. Nunca cruzábamos esa línea silenciosa que dividía la cama en dos mundos separados.
Al principio pensé que era cansancio.
Después, costumbre.
Y finalmente, resignación.
Los vecinos decían que éramos una pareja tranquila.
—Nunca discuten —comentaban—. Se nota que se respetan mucho.
Nadie sabía que ese “respeto” en realidad era un muro.
Mariana no era una mujer fría. Cocinaba con cuidado —platos sencillos como caldo de pollo, a veces tortillas recién hechas en el comal—. Planchaba mis camisas y me preguntaba cómo había estado mi día en el trabajo. Yo respondía de la misma manera. Funcionábamos como un reloj viejo: sin fallas visibles, pero sin alma.
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