Otro factor relevante es la disminución del apetito y la ingesta de líquidos, comunes en las etapas finales de muchas enfermedades. La deshidratación y el ayuno alteran la forma en que el cuerpo obtiene energía, que puede generar compuestos volátiles que se notan en la respiración o en el entorno circundante. Estos olores no representan un peligro para quienes acompañan al paciente, pero son un signo de que un organismo experimenta una fragilidad extrema.
La percepción humana también juega un papel clave. En contextos de estrés emocional, dolor anticipatorio o preocupación constante, los sentidos tienden a estar más alerta. Ante situaciones significativas, el cerebro puede intensificar los estímulos o asociarlos con momentos críticos. Por lo tanto, un olor que de otro modo pasaría desapercibido puede adquirir un significado especial al experimentar una despedida o incertidumbre.