Estaba cortando zanahorias en la encimera de la cocina cuando mi hija de cuatro años tiró nerviosamente de mi manga. Sus deditos temblaban mientras susurraba: «Mamá… ¿puedo dejar de tomar las pastillas que me da la abuela todos los días?».

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—Yo también —dije.

Porque ese día aprendí algo que jamás olvidaré:

Los niños confían plenamente en los adultos que les rodean.

Y eso significa que nuestra mayor responsabilidad como padres no es solo amarlos…

Se trata de escuchar cuando sus vocecitas nos dicen que algo no está bien.

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