Sin saberlo, en cada uno de esos gestos su cuerpo fabricaba oxitocina —la molécula que construye la confianza— y lo bañaba en ella.
Luego llegaron los jinetes desde el este.
Lo que sucedió después cambió la historia política del mundo. Y cambió, según la ciencia más reciente, la química de nuestros vínculos.
La herencia de aquella ruptura aún late en nuestros genes.
La molécula que construye el amor
En 1906, Henry Hallett Dale descubrió una hormona que aceleraba el parto. La llamó oxitocina, del griego oxys (rápido) y tokos (nacimiento). Durante décadas fue una mera hormona reproductiva.
Estábamos completamente equivocados.
Hoy sabemos que la oxitocina es una molécula con 200 millones de años de antigüedad. Aparece en reptiles, peces, aves y primates. Es anterior a los mamíferos. Su función principal no es el parto.
Es el vínculo. Es el pegamento químico que hace posible la confianza entre seres vivos.
Cuando una madre mira el rostro de su bebé —sonriendo o llorando—, su cuerpo estriado ventral y su hipotálamo se encienden como un árbol de Navidad. Son las zonas del placer y la recompensa, las mismas que activa el chocolate, el sexo o la música que nos gusta. El disparador de toda esa luminosidad cerebral es la oxitocina.
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